La capital alemana fue ícono del período de la Guerra Fría, era
la prueba más tangible de esa fuerte división ideológica entre los bloques
occidental-capitalista, liderado por Estados Unidos, y el oriental-comunista,
liderado por la Unión Soviética, desde 1945 (el fin de la Segunda Guerra
Mundial) hasta el final de la URSS (con la caída del muro en 1989 y el golpe de
Estado en 1991). Fue una disputa en todos los campos que nunca tuvo acciones
directas. Se limitó a actuar desde ejes de influencia en el contexto
internacional y cooperación económica y militar por parte de los aliados de cada
bando. Hay algunas diferencias respecto de cuándo comenzó realmente esta guerra
ideológica, algunos lo atribuyen a 1917, momento de la revolución bolchevique
que veía en el capitalismo la raíz de todos los males. Sin embargo, durante el
transcurso de la segunda guerra mundial, las sospechas de que los Estados Unidos
planeaban un plan para que Rusia firmara un tratado de paz en su beneficio,
minaron las relaciones de los aliados.
En este contexto Berlín vivió un
bloqueo de un año, que comenzó en 1948 por parte del Ejército Rojo y tenía como
objetivo la rendición de la parte occidental de Berlín. Los aliados para
demostrar su fuerza llevaron a cabo el famoso “puente aéreo”, en el que con 900
vuelos por día abastecían con más de nueve mil toneladas por día a los casi dos
millones de habitantes de la Berlín occidental. Este golpe se valió de
propagandas estadounidenses para demostrar que el bloqueo de la URSS era
inútil, y llevó a la impopularidad de la Unión Soviética entre la población de
Berlín Occidental, y el posterior levantamiento del bloqueo en 1949.
La Alemania soviética, si se puede decir así, se encuentra en la zona de
los grafitis en las paredes. Casi anecdótico, se extiende un breve tramo del
muro de Berlín, en la “East Side Gallery” sobre la Mühlenstraße, en la ribera del río Spree.
Diferentes artistas de distintas nacionalidades expresaron ahí lo que
significó la separación de occidente con oriente. Se lee una leyenda: Du hast gelernt was freiheit heisst und das
vergiss nie mehr. Aprendiste lo que significa la libertad y el
nunca olvidar. Solo
queda una galería artística como huella de ese muro que recorría 45 kilómetros , y que supo alejar al fascismo occidental del
comunismo oriental.
Resulta emblema y contradicción recorrer Berlín. Las calles no hablan de
esa guerra, ni de la fría ni de la caliente, salvo por los museos judíos, o la
topografía del terror donde se relata en paneles ploteados lo que fue “la
solución” de Hitler.
Se respira silencio, el mismo que se siente ante el monumento al
holocausto, situado en la misma manzana de la Puerta de Brandenburgo y al costado de donde alguna vez estuvo el
"Reichspraesidentenpalais", residencia de los presidentes de la era de
Weimar. Los bloques de hormigón empiezan bajos y separados, a medida que uno
empieza a caminar los bloques se hacen más altos, más angostos, el espacio se achica y el sol ya no se filtra por las paredes. Uno
se siente acorralado.
El chek point Charlie muestra la gran elocuencia simbólica
que siempre poseyó Estados Unidos para instalar su
forma casi siempre parecida: grandes carteles y una experiencia consumista. De
esa antigua Berlín solo queda el cartel que dice en inglés: “You are leaving
the American Sector” firmado por la “US Army”. El check point Charlie,
“Charlie” por la tercera letra del alfabeto fonético de la OTAN, fue el punto de paso más conocido de los utilizados durante la Guerra Fría.
Y era en ese punto, ubicado en la avenida Friederichstrasse, donde se podía conseguir el visado diurno para
cruzar a Berlín Este desde Berlín Oeste. El panorama hoy desde ese
lugar es una mini instalación del capitalismo: un Starbucks, las marcas más
importantes de ropa, un Mc´Donalds, varios locales de souvenirs. El mismo spich
visual del que se vale el consumismo para decir: acá estoy, y descontextualizar
cualquier ciudad, incluso Berlín.
No hay comentarios:
Publicar un comentario